Lamentaciones 3, 22-32
22 El gran amor del Señor nunca se acaba,[a]
y su compasión jamás se agota.
23 Cada mañana se renuevan sus bondades;
¡muy grande es su fidelidad!
24 Por tanto, digo:
«El Señor es todo lo que tengo.
¡En él esperaré!»
25 Bueno es el Señor con quienes en él confían,
con todos los que lo buscan.
26 Bueno es esperar calladamente
a que el Señor venga a *salvarnos.
31 El Señor nos ha rechazado,
pero no será para siempre.
32 Nos hace sufrir, pero también nos compadece,
porque es muy grande su amor.
El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota.
El texto de esta mañana es un texto lleno de significado y de esperanza, es un texto que nos hala del amor de Dios de una manera increíble.
Los judíos habían sido deportados a Babilonia y su ciudad Jerusalén había sido completamente destruida, en esas circunstancias el profeta Jeremías escribe sus lamentaciones, las cuales como dice el titulo son lamentos ante las ruinas y la destrucción de todo aquello que el amaba. Siente que Dios los ha castigado con razón, pero a la vez no se detiene a ver únicamente una imagen sancionadora de Dios, sino que además ve a Dios con esperanza y como un Dios de amor y misericordia.
Por eso Jeremías declara con certeza en medio de la desolación que produce el contemplar las ruinas humeantes e su ciudad:
El gran amor del Señor nunca se acaba,
y su compasión jamás se agota.
23 Cada mañana se renuevan sus bondades;
¡muy grande es su fidelidad!
24 Por tanto, digo:
«El Señor es todo lo que tengo.
¡En él esperaré!»
Es fácil declarar algo así en tiempos donde las cosas van bien y todo sale como esperamos, pero qué difícil es poder ver la fe de esta manera cuando estamos rodeados solamente de soledad, sufrimiento, angustia y desolación, que difícil es declarar desde el fondo del corazón que Dios es amor, compasión y misericordia cuando sentimos que hemos perdido lo que más amábamos.
Es entonces en los momentos críticos cuando podemos descubrir el verdadero poder y la verdadera riqueza de nuestra fe, porque allí es cuando el Dios de amor y vida se manifiesta y nos deja ver un poco de su infinito poder por medio del consuelo y la paz que puede darnos.
Cuando Jeremías declara: «El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!» Nos esta invitando a hacer lo mismo, a mirar la vida desde aquello que es lo único estable, cierto, firme y verdadero en nosotros, el amor y la presencia de Dios. Cuando llegamos a hacer eso, es cuando verdaderamente descubrimos que aunque el mundo a nuestro alrededor se está derrumbando, no nos sentimos perdidos ni huérfanos, porque Dios esta de nuestro lado y está sufriendo con nosotros y esta trayéndonos la alegría y el consuelo para que pasada la prueba podamos volver los ojos al futuro con esperanza.
Eso mismo lo vemos en el evangelio cuando Jesus toca y sana a gente enferma, a personas que habían perdido toda esperanza y que sentían que estaban completamente perdidas y excluidas de las bendiciones de Dios. Jesus les demuestra que Dios es Dios para ellos también, que Dios está para todos, solamente hay que tener el corazón abierto y el deseo que él entre y viva plenamente en nosotros. Dios es nuestro, y quiere que lo sintamos mas y mas nuestro cada día, porque así el mostrara su amor y así cada día será completamente nuevo y maravilloso, porque será un día iluminado por su gracia y amor.
Cada día es un nuevo día, y en ese nuevo día Cristo nos invita a vivir intensamente la experiencia de su presencia. Hoy recuerda eso, y cuando veas que los problemas o las dudas te rodean, acuérdate de que Dios es tuyo, de que Cristo es tuyo y tu eres de el para siempre.
Que su amor te renueve hoy y siempre.
Amen.

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